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El martirio de un estudiante acosado

martirio estudiante

José Antonio Hernández / El País

La escena de la puerta del colegio —su hijo de 15 años abrazado a su hermana, de tres, con “ojos llorosos y mirada perdida”— estremeció a la madre. Intuyó al instante que estaba ante un nuevo episodio del “grupito de siempre” contra su hijo. El que hacía años que venía amargándole la vida. Era 31 de marzo de 2011 y A. (todos los protagonistas de este reportaje son menores de edad) confesó a la madre que tenía miedo por si le pegaban los del “grupito”. Ese día fue el último que acudió al colegio Santo Ángel de la Guarda, de Sevilla. Desde entonces, las comunicaciones entre el colegio y la familia se desarrollaron vía burofax. Los padres acusaron al colegio “de no hacer nada para evitar el martirio” vivido, y más tarde lo detallaron ante la fiscal de Menores, que abrió un proceso por un delito contra la integridad moral.

El juicio duró cuatro días. El fiscal pidió 80 horas de trabajo en beneficio de la comunidad para cinco alumnos y nueve meses de libertad vigilada para uno de ellos. El juez les absolvió porque algunos hechos estaban prescritos y de otros no había pruebas. Aun así, la sentencia deja abierta la vía civil por si los padres quieran exigir una indemnización por los daños causados a su hijo.

Según el sumario judicial, los primeros problemas empezaron en 2009. Al chico le molestaba que le pusieran motes alusivos a su cabeza. Los motes iban acompañados de aislamiento e insultos: “Cabezón, champiñón…”.

Un día, en clase de informática, uno del “grupito” convenció a otro para que dibujase un champiñón con un cigarro en forma de cabeza. Ajeno a la treta, el profesor incluyó el dibujo como portada en todos los monitores, conectados en red. Al abrirse las pantallas, las risas de la clase sembraron de lágrimas los ojos de A. “Sentí vergüenza y agaché la cabeza”, contó A. después a la policía. El profesor quitó la imagen y le pidió perdón. Dibujos parecidos aparecían algunas mañanas en la pizarra. Para A. el colegio se convirtió en un suplicio. Su rendimiento cayó estrepitosamente: “¿Qué me pasará hoy? ¿Qué me harán? ¡Y nadie hace nada…!”. El menor intentó quitarse la vida.

Algunos alumnos tenían la costumbre de tirarse bolígrafos unos a otros en los cambios de profesor. A. perdió muchos. Los del “grupito” se los quitaban del estuche y no se los devolvían. Sus escasos amigos también habían sufrido en ocasiones las arbitrariedades de estoslíderes de la clase.

A. comenzó a acudir a este colegio concertado con cuatro años. Sus problemas empezaron cuando, en sexto de primaria, vio a un alumno que hasta entonces creía amigo, romperle la cremallera de la cartera. Lo comentó a sus padres y estos a los del otro (cuya inicial es B.). B. nunca se lo perdonó. Durante la ESO, comenzó “a difamarle”. “Es un chivato”, expandía en el aula. Luego llegaron los motes, y el aislamiento.

A. no entendía por qué siempre era él la diana del grupo. Lo pasó muy mal el día en que uno de ellos le convirtió en objetivo de un violento juego escolar que ellos llamaban chante. Ese juego les sirvió para propinarle “15 puñetazos normales y tres muy fuertes”. Aprovechando que un alumno estaba distraído, otro amagaba con darle un golpe. Si en un acto reflejo la víctima se apartaba, el que había hecho el amago buscaba la mano de los alumnos que hubiesen presenciado la acción; por cada uno que se la estrechase, este se consideraba autorizado para darle un puñetazo en su nombre. 26 alumnos estrecharon la mano. Cuando su madre le vio por la noche el moratón, A. mintió diciendo que se lo había hecho en baloncesto.

Otro de los alumnos que le hacían “la vida imposible”, era un repetidor de curso con problemas con la Fiscalía de Menores. A. le tenía pánico. Según la fiscalía, un día le robó un móvil de 400 euros. El chico pidió que se lo devolvieran pero solo recibió como respuesta “rostros de risa”.

Poco después, otro alumno llamado M., el que más solía humillarle con los motes y su verdugo en el juego del chante, interrumpió un día una clase y exigió que apareciese su teléfono. No lo tenía en su mochila. Él y sus amigos dieron por hecho que había sido A. Le miraron la cartera y, al ver que no estaba allí, le pidieron que se subiera los pantalones por si lo llevaba en los calcetines, y luego que se los bajara por si lo guardaba en los calzoncillos, delante de toda la clase. A. mostró los calcetines y salió corriendo del aula. El teléfono estaba escondido en un árbol, según confesó el menor a un amigo. “Quiero que se dé cuenta de lo mal que se pasa. Pero se lo devolveré dentro de unos días”, se sinceró. Su amigo se comprometió a devolverlo por él sin delatarle. Aun así, trascendió su autoría y los problemas con el grupo arreciaron. Insultos, empujones, mofas constantes… Varias veces acudió A. a la orientadora del colegio para expresarle su malestar por las vejaciones. La orientadora, según el sumario, habló con quienes le insultaban y les dijo que debían acabar con su acoso.

No solo le insultaban: también llegaron a ponerle de escudo de fechorías de otros. En una ocasión el grupo le acusó de ser uno de los alumnos que había escupido a través de una ventana unos padres que visitaban el centro. A. temió que si no lo admitía le pegasen a la salida de clase, y se confesó autor. “Me dolió mucho”, contó el menor al fiscal. La misma impotencia que sintió el día en que otro miembro del grupo, lanzó un borrador en clase y destrozó un castillo en el que el menor estuvo trabajando durante la Semana Santa para entregarlo al profesor de manualidades. Este le exigió que pidiera disculpas. Y lo hizo, pero “riéndose”.

Cuando todo estalló el 31 de marzo de 2011, los padres de A. empezaron a explicarse la tristeza que solía traer a casa el menor, y por qué un adolescente que sacaba buenas notas de pronto suspendía la mitad de las asignaturas. Se activó el protocolo de acoso, pidió el cambio de centro y ahora hace una vida normal en un nuevo centro.

Los padres denunciaron al colegio como responsable subsidiario. La versión que dieron los responsables del Santo Ángel de la Guarda es que no supieron del acoso hasta mayo de 2011, y que dieron una “respuesta inmediata y proporcionada” a todos los hechos (los motes, el robo del móvil…). Los padres de A. han logrado que la Junta de Andalucía traslade a su hija pequeña al mismo colegio que su hermano. Huyen de la imagen que se encontró la madre aquel 31 de marzo a las puertas del colegio.

Publicado en El País

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