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Los mitos de la escolarización. Primera parte

ESCOLARIZACION

 

Juan Miguel Batalloso Navas *

Los mitos cumplieron una importantísima función en el pasado ya que fueron fuente permanente de cosmovisiones que servían para articular la cohesión y la identidad social. Fue a través de los mitos, como los humanos transmitieron la herencia cultural y en esa medida cumplieron una función educativa y de supervivencia.

Con el triunfo del “logos”, del pensamiento racional y científico y de la revolución tecnológica e industrial, los mitos se convirtieron en narraciones fantásticas a las que se presta una escasísima atención porque se entiende que son falsedades ilusorias que poco pueden aportar a la ciencia, al mercado o a la vida cotidiana. Sin embargo, esta situación es paradójica, porque a pesar del triunfo de la razón, la ciencia y la tecnología, los humanos seguimos produciendo mitos que alimentan  y reproducen nuestras formas de vivir y convivir, aunque estas sean insostenibles.

Los mitos, como grandes narraciones que condensan y sintetizan las ilusiones y esperanzas de los pueblos, así como la compleja condición humana, siguen siendo muy útiles para comprender, no ya nuestros más remotos orígenes, sino incluso nuestra propia conducta diaria individual y colectiva, en cuanto que ésta se manifiesta muchas veces, como expresión de creencias irracionales o motivaciones inexplicables, dirigidas por ese subconsciente colectivo del que nos hablara Carl Jung.

En términos antropológicos e históricos, los mitos constituyen una importantísima fuente de conocimiento para comprender el nacimiento y desarrollo de civilizaciones; la génesis de todas las religiones; el papel de lo sagrado; el fenómeno de la espiritualidad; la creación de símbolos y ritos; la evolución de las instituciones o la necesidad de utopías. Por esta razón, el estudio de los mitos pasados y contemporáneos, su desvelamiento, sus funciones sociales, puede ayudarnos a entender mejor nuestra compleja especie siempre en interacción con la naturaleza y la sociedad.

Hoy, el término “mito”, se asocia más bien a la idealización de un acontecimiento, un hecho, un personaje, una institución. No obstante y aunque originalmente se nos haya presentado como parcialmente verdadero, posible, o haya sido depositario de grandes expectativas colectivas e individuales, con el transcurso del tiempo, termina por convertirse, si no en su propia negación, al menos en una fuente de contradicciones irresolubles. Y son estas contradicciones, las que en la mayoría de las veces, condenan a los individuos a vagar por la rutina, el mecanicismo, la conformidad, la conciencia ingenua o la mediocridad, incapacitándolos así, para encontrar respuestas originales y creativas a los problemas del presente. Y éste es a mi entender, el caso de la Escuela y la escolarización.

De los análisis fenomenológicos más originales y fructíferos que a mi juicio se han realizado de la mitología escolar y de otras instituciones, sobresale sin duda alguna, la obra de Iván Illich (1926-2002), hoy por desgracia, bastante olvidada por los grandes maquinarias de las burocracias escolares y por las llamadas instituciones académicas de las “Ciencias de la Educación”. No obstante, las nuevas realidades de la globalización, las tecnologías de la información y la comunicación, así como la notoria incapacidad de los sistemas educativos actuales para educar integralmente a los individuos como ciudadanos, seres complejos y capaces de aprender por sí mismos, hacen posible que gran parte de las ideas de Illich, sigan vigentes.

Los dos primeros mitos de los que Iván Illich nos advirtió ampliamente en relación a la Escuela y sus funciones sociales, fueron el de la escolarización y el del progreso incesante. Desgraciadamente, ni sus advertencias, ni tampoco sus propuestas y experiencias en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) de Cuernavaca (México), fueron suficientemente recogidas por los mandarines de los grandes aparatos escolares de los países enriquecidos, ni tampoco por los administraciones educativas de los empobrecidos. Y es que se trataba de un tiempo plagado de falacias acerca de la igualdad de oportunidades, el capital humano, la redención salvadora de la Escuela, la importancia del credencialismo y la meritocracia para subir de estatus y otras de diversa índole que aún permanecen intocables.

Respecto al mito de la escolarización, entiendo que su vigencia es clara y aunque mantengo que las Escuelas siguen siendo necesarias hoy, aunque con funciones diferentes, lo cierto es que de la misma manera que no todo aprendizaje es educativo, ni tampoco un conjunto de ellos se transforma por arte de magia en educación, tampoco el hecho de estar escolarizado y acreditado significa que se esté educado. Y es que la Educación es otra cosa bien diferente, que no es reducible al sometimiento a normas, horarios, modas, leyes, tecnologías, profesores, títulos y demás elementos de la burocracia escolar. Y esto es así porque la Escuela tal y como la conocemos hoy, es un invento del siglo XIX que emerge como consecuencia de factores ideológicos y religiosos (Reforma y Contrarreforma); del industrialismo y su necesidad de tener mano de obra alfabetizada y cualificada técnica e ideológicamente y  de la construcción de los estados nacionales y su necesidad de generar identidad cultural para cohesionar socialmente a los ciudadanos en torno a rasgos y valores establecidos como exclusivos y característicos.

Siguiendo la lógica de la escolarización, tendríamos que aceptar entonces que no ha existido educación más que en los últimos doscientos años, y que todo aquel individuo que no haya terminado su escolaridad o que no haya pasado por la Escuela no puede estar educado. ¿Es qué acaso nuestros padres y abuelos que no fueron a la Escuela no eran personas educadas? ¿Cómo explicar entonces el hecho de que en las sociedades plenamente escolarizadas haya planteados problemas sociales e individuales cuya base puede encontrarse en la falta o en la ausencia de educación?

Es obvio que hoy, no podemos prescindir de las escuelas, dado  que se han especializado e institucionalizado obligatoriamente y en unos tramos de edad, como la condición indispensable para integrarse en sociedad, acceder al mundo de las profesiones y los estudios universitarios. Pero a su vez, su necesidad se justifica también porque son un instrumento para hacer posible la alfabetización, el acceso a la cultura y un desarrollo básico de capacidades en aquellas capas sociales que han permanecido siempre marginadas del desarrollo humano y comunitario. Sin embargo, hoy la revolución tecnológica y de los medios de información y comunicación ha puesto al alcance de grandes capas de población, a pesar de la brecha digital, la posibilidad de aprender de forma autónoma y extraescolar, e incluso de forma más eficaz y operativa. La Escuela pues, ni tampoco las instituciones académicas formales y presenciales, son ya los templos del saber del pasado, en los que se rendía culto a conocimientos cuya fecha de caducidad creíamos que era eterna.

Por otra parte, la escolarización entendida como sometimiento obligatorio de la población a jornadas de tiempo completo, horarios estrictos, espacios cerrados, aprendizajes escrupulosamente programados y secuenciados, exámenes continuos, programas establecidos por las administraciones educativas de los gobiernos de turno, pierde cada vez mayor sentido, sobre todo, cuando sistemáticamente se comprueba que las funciones sociales para las que fueron creadas las escuelas, o bien no se cumplen, o su desarrollo es bastante escaso.

De una parte el capitalismo creyó ver en las escuelas, la maquinaria ideal para organizar y reproducir el modo de civilización industrial y mercantil conforme a aquellas competencias técnicas y creencias necesarias para su propia supervivencia y expansión. Pero por otra, el socialismo, creyó ver también en las escuelas, el trampolín para acceder al soñado paraíso de la igualdad en el que emergería un hombre nuevo que conduciría inevitablemente a una sociedad mejor. Sin embargo hoy, en pleno siglo XXI, ni el capitalismo, ni el socialismo que hemos conocido, han evitado el crecimiento económico ilimitado que está quebrando la propia supervivencia de nuestro planeta y de nuestra especie con él. Pero a su vez, esa concepción redentora de los seres humanos a través de la escuela, tan grata a la socialdemocracia, no ha conseguido tampoco los frutos esperados de transformación personal y social.

El balance de la escolarización generalizada, no es pues tan exitoso como aparentemente se nos puede presentar, especialmente si consideramos que el actual paradigma civilizatorio se produce y reproduce a través de la Escuela. Y es que la escolarización y la Escuela, tal y como la hemos conocido, con sus procesos de burocratización, mercantilización, tecnocratización, rutinización e instrumentalización ideológica, ya no nos sirve para poder resolver los problemas y satisfacer las necesidades de los seres humanos de nuestro tiempo. Por ello, más que de fracaso escolar entendido como fracaso individual por la incapacidad de la Escuela para atender a la diversidad, habría que hablar en realidad de fracaso de la Escuela.

Así pues, cuando decimos fracaso de la escolarización, no solo estamos pensando en la competencias instrumentales y de alfabetización cuyos déficits e insuficiencias son fácilmente detectables y observables por los informes de evaluación nacionales e internacionales, sino sobre todo en aquellas funciones que siempre se atribuyeron a las Escuelas y cuya eficacia es ya puramente testimonial. Nos referimos a sus funciones éticas, estéticas y de desarrollo personal y comunitario, que están como es sabido, en los orígenes de nuestra cultura y de nuestro modo de vida democrático. Valores como verdad, bondad, belleza, libertad, igualdad y fraternidad entre otros, son apenas un reducto testimonial de actividades escolares que han sido sometidas salvajemente al más ramplón utilitarismo y pragmatismo de un mercado y un Estado que es incapaz de garantizar empleo y bienestar material para todos los ciudadanos sin excepción.

 

* El autor es Maestro de Educación Primaria. Licenciado en Filosofía y Educación y Dr. en Ciencias de la Educación –Universidad de Sevilla, España–. Ha ejercido la profesión docente durante 35 años, impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, dictado Conferencias en España, Brasil, México, Perú y Portugal, publicado varios libros y numerosos artículos sobre temas de educación. Es Miembro del Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofrece el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.

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