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¿Por qué a nadie nos gusta ser evaluados?

La Mala Educación / Sonia del Valle

Si lo pensamos un minuto, los exámenes escolares, la evaluación del desempeño de nuestro trabajo y hasta la rendición de cuentas están rodeados de múltiples sinsabores individuales y quejas colectivas. Quizá en el fondo no nos gusta saber que no sabemos.

Desconozco si esta percepción se fue gestando desde que estábamos en la primaria y veíamos venir con temor los exámenes que nos aplicaba el o la maestra. Los exámenes finales significaban, por lo general, momentos de malestar colectivo entre los estudiantes. Presentábamos el examen, después de haber estudiado horas, con temor a las repercusiones: reprobar o aprobar. Algunos, los más acostumbrados a no pasar el examen, aspiraban a sacar “por lo menos un 6, porque lo demás es vanidad”.

Siempre estaban, sin duda, los “cerebritos” a quienes les gustaba efectivamente tomar el examen, aprobarlo y luego ser felicitados por la maestra o el maestro en turno. Pero en los salones de clase, la verdad es que los que se sentían a gusto con los exámenes siempre eran minoría.

Esta misma percepción es la que tenemos cuando pasamos por los procesos de evaluación en el trabajo o cuando debemos rendir informes sobre las metas alcanzadas. ¿Qué dirá el jefe?

Incluso, la rendición de cuentas entre los funcionarios de gobierno parece que arrastra este mismo malestar, a los gobernantes no les gusta rendir cuentas. Les molesta que se les cuestione, les incomodan las preguntas sobre su quehacer o sobre una decisión política; algunos incluso acusan a los que preguntan, la mayoría periodistas, de ser “amarillistas”, de “amarrar navajas”, de “mentir” o simplemente no responden y le dan la vuelta a los cuestionamientos. No les gusta saber que no saben o que se sepa que no saben.

A nadie nos gusta ser evaluados. Me atrevo a creer que es un mal nacional. A los artistas no les gusta que les digan que no saben actuar o no cantan porque por lo general le echan muchas ganas. El que no se saca el Óscar, le pasa lo mismo; pues a la mayoría nos gusta obtener buenas calificaciones y ser bien evaluados, pero no nos gusta que nos digan que no sabemos.

No obstante, uno pensaría que el proceso de evaluación en el ámbito educativo está súper aceitado, pues un estudiante, en promedio, para aprobar las 59 asignaturas de primaria y secundaria, debió presentar 2 mil 360 exámenes semanales o 590 semestrales o la mitad si son bimestrales; y sin embargo, el proceso parece que no está aceitado, no está interiorizado como parte de un proceso de formación, conocimiento y crecimiento personal.

Ni a los alumnos les gusta la evaluación, ni a los maestros les gusta ser evaluados, ni a los padres de familia les gusta ser evaluados sobre el componente del desempeño académico de sus hijos que les corresponde. Porque cuando se nos cuestiona, entonces la culpa la tiene siempre alguien más: el maestro porque no me entiende, la autoridad porque aplica exámenes amañados, los funcionarios porque no saben, y así un largo etcétera.

Lo paradójico es que, justo en el ámbito educativo, es donde se tiene la mayor claridad, al menos entre los especialistas, de que la evaluación sirve de algo. “No se puede mejorar lo que no se evalúa”, señalan algunos. Y la que parece ser una buena frase, está desprovista de contenido para la mayoría de quienes se “someten” a una evaluación, que para muchos es sinónimo del mal. La terrible evaluación. La evaluación tiene la culpa. Por eso, la frase suena bien, pero me parece que en la percepción colectiva dista mucho de ser eficaz para ganar adeptos.

¿Para qué sirve evaluar? ¿Cuáles son las ganancias individuales o colectivas de la evaluación? Quizá nadie mejor que los maestros para saber de qué se trata la evaluación, pues ellos mismos la aplican de manera cotidiana en las escuelas, y algunos con contundencia y tenacidad ejercen las consecuencias que tiene la evaluación en sus alumnos. Por eso no es de extrañar que para algunos maestros, la evaluación sea un proceso muy parecido al que ellos mismos aplican: descontextualizado, con exámenes inadecuados, con exámenes de opción múltiple; para otros sea un proceso formativo donde los estudiantes aprenden a aprender haciendo. En fin, como en este tema, segura estoy no nos pondremos de acuerdo, quizá valga la pena hacer una consulta nacional sobre la evaluación en México. ¿Para qué se quiere? ¿A quién deberíamos aplicarla? ¿Cada cuánto tiempo? Si este es el tiempo de las consultas e importa lo que la sociedad opine, creo que es importante saber como país, si queremos o no la evaluación, qué evaluación y para quienes y con qué fines.

Para ello, necesitaremos abrir un debate nacional sobre la evaluación y los procesos de rendición de cuentas y transparencia, no solo en el sistema educativo, sino en todas las áreas, porque finalmente la evaluación sirve para saber lo que se hace, para qué se hace, cómo se hace, y conocer el resultado de lo que se hizo y cómo se puede mejorar eso que se hizo y sobre todo si va a tener consecuencias o no.

En el tema de la evaluación docente, es cierto que los maestros no son los únicos responsables de los aprendizajes de los alumnos, también los son las madres y los padres de familia, los directores de escuela, los supervisores escolares, los jefes de sector, los directores de área, los subsecretarios, los secretarios, los gobernadores y por supuesto el Ejecutivo Federal. Los maestros y las maestras demandan que se evalúen también a los funcionarios, que se evalúen a los padres de familia, muchos de ellos profundamente alejados de los conocimientos de sus hijos; que se evalúen las políticas y los programas, las escuelas, los libros y los programas de estudio. Bien. ¿Y si le preguntamos a la gente? ¿Si promovemos una consulta nacional sobre si debemos o no evaluar y qué debemos evaluar? ¿Y cómo debemos evaluar?

Quizá, sólo quizá, podamos comenzar por reconocer que a nadie nos gusta que nos evalúen. Después podamos crear nuevos esquemas para saber cómo mejorar eso que decimos que hacemos tan bien y finalmente, convencernos, como sociedad, que para mejorar lo que decimos que hacemos bien, necesitamos reconocer que la evaluación es necesaria, aunque a nadie nos guste.

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