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Salud mental del profesorado, una deuda latente


Ulises Viveros

Hablar de la profesión docente representa un gran reto, especialmente porque es una labor compleja que demanda un desgaste físico y psíquico de manera cotidiana. Como otras áreas de la academia, la labor docente requiere de un sentido de vocación y un gran número de habilidades, actitudes y destrezas para poder desempeñar con éxito la ardua tarea de educar a nuevas generaciones. Sin embargo, hay una realidad que muchos olvidan, y es que ser profesor es una actividad que reclama inversión física, psíquica, emocional y, en general, mucho trabajo fuera del horario laboral, dedicado a la preparación de material y recursos didácticos, planeación, gestión y evaluación de los aprendizajes, entre otras acciones.

Planteémonos la siguiente pregunta: ¿Qué lleva a los docentes a un deterioro de su salud mental? Para responder, debemos pensar en sus requerimientos básicos y en cómo estos son cubiertos por las políticas públicas, la administración de los recursos humanos y de la sociedad en general.

En este sentido, Fernández (2014) establece tres necesidades básicas en la manera en que se experimenta la ocupación laboral que son el reconocimiento por los demás (estimación comunitaria), la retribución económica y la satisfacción personal. En los últimos años, las primeras dos áreas han sido mermadas para el gremio docente, lo cual se ha manifestado a su vez en un malestar profesional.

Ser docente es una decisión personal; desde la educación en primera infancia hasta la educación superior, la docencia constituye una labor noble, cálida y con sentido humano, que a lo largo del tiempo ha sido vinculada al altruismo. Ello ha generado que se piense que los docentes laboran tan solo por vocación y que, si deciden dedicar su vida a esta profesión, esto será sinónimo de vivir en constante sacrificio y de recibir como recompensa apenas altos niveles de autorrealización. Esto representa una perspectiva reduccionista del profesorado y ha sumado al deterioro de su estimación propia y social. Desde esta óptica, la cobertura de las necesidades básicas del profesorado se ha visto desfavorecida.

Ahora bien, ¿ser docente es —o debería ser— sinónimo de vivir de manera agitada y en constante precarización? Diversos estudios en investigación educativa reportan que ser docente es uno de los trabajos en los que se vive con más estrés. Resultados de la Encuesta de Calidad de Vida Laboral de los Educadores (American Federation of Teachers, 2017) exponen que un 61% de profesores encuentran que su trabajo siempre es estresante (más del doble de lo que exponen aquellos que no se dedican a la docencia). Y un 58% advierte que tienen una salud mental frágil debido a los altos y frecuentes niveles de estrés.

La convivencia diaria con muchas personas, desde los estudiantes en aulas masificadas, padres de familia, otros profesores y tomadores de decisión, la alta responsabilidad de trabajar con seres humanos y sus problemáticas individuales, y, sobre todo, las múltiples tareas extra que les son asignadas al profesorado, son algunos de los factores que derivan en estrés, ansiedad, y en algún punto, en otros padecimientos que se van manifestando a nivel físico.

Esto se traduce en lo que los aportes teóricos de Siegrist et al (2004) establecen como un desequilibrio entre el esfuerzo y las recompensas recibidas, pues el estrés es producido cuando las recompensas son insuficientes en comparación con el esfuerzo realizado, lo cual genera estas tensiones profesionales.

Debido a lo anterior, es que debemos velar por acciones que sean verdaderamente significativas para el gremio docente; no basta con reconocer que hay un problema, sino que hay que generar estrategias en materia de políticas públicas, cultura organizacional, currículo, y a nivel social para promover un verdadero sentido de relevancia social a quienes pasan casi todos sus días y horas con niños, niñas, adolescentes y adultos educando, y quienes son un eje medular en los procesos educativos que se viven en todos los lugares de nuestro país. No podemos hablar hoy de educación socioemocional o una vida saludable en las escuelas, si dejamos fuera el bienestar físico, psicológico y financiero de las figuras educativas que lideran la vida en las aulas. Ser docente no debería implicar el desgaste de una persona frente al aula, ser docente debería ser una labor de motivación y reconocimiento para quien está forjando hoy la sociedad de mañana.

Acerca del autor
Ulises Viveros es estudiante de la Maestría en Liderazgo y Educación en Radix Education. Cuenta con la Licenciatura en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, lugar donde se desempeña como docente. Ha colaborado en proyectos de investigación educativa sobre formación para la investigación y el aprendizaje del inglés como lengua extranjera.
Ulises cree que la educación es una de las posibilidades que tenemos para transformar en colectivo la realidad que todos deseamos.

Referencias
Fernández, F. A. (2014). Una panorámica de la salud mental de los profesores. Revista Iberoamericana de Educación, 66, pp. 20-23. https://rieoei.org/historico/documentos/rie66a01.pdf
American Federation of Teachers. (2017). 2017 Educator Quality of Work Life Survey. https://www.aft.org/sites/default/files/2017_eqwl_survey_web.pdf
Siegrist, J., Starke, D., Chandola, T., Godin, I., Marmot, M., Niedhammer, I., & Peter, R. (2004). The measurement of effort-reward imbalance at work: European comparisons. Social Science and Medicine, 1483-1499.

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