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Nosotros, fanáticos

II. El criterio que orientará a esa educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios.

Artículo 3º. De la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

El fanatismo nace de la necesidad –profundamente humana– de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, ese anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos.

Irene Vallejo. Yo, fanática.

Juan Martín López Calva

Aunque reformado en 1993, en el artículo tercero constitucional, que plantea el marco jurídico fundamental en materia educativa en nuestro país, prevalece el criterio -resabio de la influencia positivista de su origen- de que la educación se basará en “el progreso científico” y “luchará contra la ignorancia y sus efectos” que señala son las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios.

Desde mi punto de vista, ese criterio orientador resulta no sólo pertinente sino urgente en estos tiempos de “fake news”, postverdad, sesgo de confirmación y cultura del descarte que hacen viralizarse a información u opiniones evidentemente falsas o sin sustento, debido precisamente a servidumbres, fanatismos y prejuicios de orden ideológico, político o religioso.

Como dice Irene Vallejo en la cita de su artículo que uso como epígrafe en esta colaboración, el fanatismo nace de la necesidad de pertenecer a algún grupo, partido, iglesia o corriente ideológica y en estos tiempos cargados de individualismo y competencia feroz que guían el mundo del mercado que tiene hoy el poder sobre nuestras vidas, esta búsqueda de pertenencia se vuelve cada vez más acuciante en las personas de todas las edades y niveles socioeconómicos.

Desafortunadamente también es cierto que, como dice la filóloga y escritora española, este deseo comúnmente lleva a rechazar y descalificar a todos los que no forman parte de nuestro grupo o comunidad y llega al extremo de querer cambiar a los que piensan u opinan distinto o de cancelarlos de la conversación pública, expulsándolos de la dinámica social por considerarlos equivocados o de plano malintencionados o perversos.

El mundo virtual que es un gran amplificador de las voces constructivas pero también de los prejuicios, los fanatismos y las servidumbres ha ido produciendo, sobre todo a través de las redes sociales y los llamados “influencers”, un fenómeno de enfrentamiento creciente y polarización entre seguidores -muchos de ellos pagados, otros influidos por esta necesidad de pertenencia- de distintas corrientes ideológicas, líderes o partidos políticos o posturas religiosas y antirreligiosas.

Este fenómeno es mundial y agrupa a todo tipo de grupos como los llamados terraplanistas, los antivacunas, los seguidores de líderes populistas que se autoadscriben a la derecha o a la izquierda del espectro político, líderes carismáticos que venden recetas espirituales para la felicidad y muchos otros.

Por supuesto que nuestro país no está exento de estas corrientes de fanatismo y prejuicios sin sustento científico o filosófico y en los últimos años se ha usado la estrategia de exacerbar los ánimos de estos colectivos fanáticos de todo tipo, entre los que se encuentran los seguidores del gobierno actual -descalificados con el adjetivo de chairos- y los enemigos a ultranza -llamados también despectivamente fifís- para ganar clientelas políticas y votos con los cuales imponer a toda la sociedad un modelo de país sin importar las consecuencias ni tomar en cuenta a los que piensan distinto.

En otra parte de su artículo, Vallejo afirma que es posible que nos convirtamos en fanáticos de cualquier cosa, “incluso del diálogo y el respeto”. La escritora plantea que es muy frecuente que personas y grupos que inician sus discursos apelando a la defensa de la tolerancia terminen “apedreando verbalmente a los diferentes”. Existe hoy gran abundancia de lo que llama “fanáticos antifanáticos” o “cruzados antifundamentalistas”, que -añado yo- postulándose como dueños de la verdad y situándose en lo que llaman “el lado correcto de la historia” se dedican a montar una cruzada para exterminar socialmente a quienes consideran equivocados o aún malvados por pensar y proponer cosas diferentes.

En la arena política, los tiempos electorales que vive ya nuestro país a pesar de que oficialmente no han iniciado las campañas, están haciendo crecer exponencialmente estos enfrentamientos y exclusiones mutas entre quienes apoyan a la candidata elegida por el presidente y los que respaldan a la candidata opositora.

En los meses que faltan de aquí al 2 de junio y muy probablemente en los tiempos postelectorales seremos testigos y muchos serán protagonistas de estas confrontaciones cada vez más agresivas, verbalmente violentas que incluso es posible que se trasladen al campo de los hechos y se manifiesten en agresiones físicas o hasta en asesinatos políticos dada la creciente influencia del crimen organizado en el control de territorios y gobiernos locales, estatales e incluso en el ámbito federal.

La escuela y la universidad no son entidades aisladas del contexto socio-político sino que reciben una influencia directa de lo que se vive en la sociedad, pero también pueden influir de manera positiva en el funcionamiento y la dinámica social mediante una formación humana y ciudadana rigurosa y pertinente, además de la creación de una convivencia escolar inclusiva, dialógica y democrática.

Ante el escenario de enfrentamiento entre fanáticos del anti-fanatismo de todos los signos, resulta imprescindible que los educadores tomemos muy en serio el criterio orientador que señala el artículo 3º. Para formar a los futuros mexicanos en una mentalidad que combata la ignorancia y sus efectos en las servidumbres, los prejuicios y los fanatismos.

Irene Vallejo, citando a Amos Oz señala que aunque no hay un tratamiento ya probado para combatir los fanatismos, “nos pueden ayudar el arte y la ficción”, porque crean una apertura de la mirada para buscar comprender otras mentes y promover cambios de perspectiva. El fomento del conocimiento científico -tanto en las ciencias exactas y naturales como en las humanidades y las ciencias sociales- puede ayudar también, como señala el artículo tercero a combatir estas manifestaciones de la ignorancia y prevenir los fanatismos. La ciencia, el arte y la ficción pueden desarrollar el pensamiento crítico y el sentimiento responsable que no se deje arrastrar por la corriente fanática.

Más nos vale trabajar en ello porque como dice la escritora española: “A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo”.

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