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Una enseñanza basada en proyectos está huérfana sin estudios clásicos

Adrián Cordellat

El aprendizaje basado en proyectos (ABP) se ha convertido en los últimos años en una de las metodologías estrella en el ámbito educativo, hasta el punto de representar casi un símbolo de estatus para los centros, ya que el hecho de trabajar o no por proyectos multiplica en muchos casos las probabilidades de que unos padres elijan o no un colegio para la educación de sus hijos. La última Ley de Educación, la conocida como ley Celaá, reforzaba esa imagen al estipular en su artículo 19.4 que “con objeto de fomentar la integración de las competencias, se dedicará un tiempo del horario lectivo a la realización de proyectos significativos para el alumnado y a la resolución colaborativa de problemas, reforzando la autoestima, la autonomía, la reflexión y la responsabilidad”.

“Lo interesante de esta metodología es que intenta promover que el alumnado se apropie de su aprendizaje, que aumente su motivación respondiendo a cuestiones ligadas a sus intereses personales, y que desarrolle una serie de competencias como, por ejemplo, el aprendizaje colaborativo elaborando el proyecto en equipo”, explica Marc Lafuente, doctor en Psicología de la Educación, consultor e investigador que publicó en 2019 una revisión científica de más de 300 estudios que concluía que el ABP ejerce un impacto positivo y con un tamaño mediano-grande sobre el rendimiento académico del alumnado, y que se asocia a una alta satisfacción del alumnado hacia la experiencia educativa.

Sin embargo, en la página 18 de la citada revisión Lafuente reconocía que la mejora aportada por la metodología “no es automática ni está garantizada”, sino que está ligada a unos factores clave: liderazgo de centro, combinación del ABP con metodologías de instrucción directa, formación docente y liderazgo político. “La investigación identifica que el apoyo de la Administración es clave y que no podemos convertir todo lo que se hace en la escuela en ABP. Se debe conjugar esta metodología con otras más tradicionales centradas en la exposición y el trabajo de contenidos”, afirma.

Estos peros al ABP han sumado adeptos en los últimos años. A finales de 2023, después del varapalo del informe PISA, el director general de innovación educativa, digitalización y currículum del Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña, Joan Cuevas, señalaba que el trabajo por proyectos “tiene unos resultados medios en comparación con los métodos tradicionales”, por lo que consideraba que “no era un gran avance”. Cuevas señalaba, además, que la metodología ABP no se estaba aplicando de forma correcta en todos los centros, ya que estos proyectos deben incorporar una “parte instruccional clásica” que no siempre se imparte a los menores. “Tenemos que mejorar la capacitación y los recursos de acompañamiento a los docentes”, añadía.

“Hablar sistemáticamente de que a los profesores nos falta formación y de que las cosas no se solucionan porque nos estamos negando a modernizarnos es un problema, porque nos desacredita a aquellos que formamos a los alumnos y, además, sin ningún fundamento. Es una auténtica persecución”, responde Olga García, profesora y coautora junto al también profesor Enrique Galindo de Aprendizaje basado en proyectos: Un aprendizaje basura para el proletariado (Akal), quien advierte que el problema ­real es otro: “Los estudios dicen que el ABP, para funcionar, necesita de conocimientos sólidos previos, y eso en primaria no los hay, porque los alumnos todavía no los tienen, de forma que el ABP no puede funcionar bien”. En ese sentido, un estudio publicado en 2021 concluía que casi todas las investigaciones sobre ABP se han dirigido a estudiantes de educación secundaria o superior, “pero lo que es eficaz en un entorno secundario o pos-secundario puede no transferirse directamente a los estudiantes de jardín de infantes y primaria. Sería conveniente reflexionar sobre la idoneidad de este enfoque para los estudiantes más jóvenes”.

“Nosotros lo que defendemos es que la escuela y el sistema educativo tienen que estar basados sobre todo en la instrucción directa, que es lo que está demostrado que funciona. Y eso no significa la imagen típica del profesor soltando la chapa con sus apuntes amarillentos”, explica Enrique Galindo, que no reniega de la posibilidad de complementar esa instrucción directa con otras metodologías como el ABP, “pero en un momento dado, y con una base previa. Lo que no puede ser es implantar una metodología así a saco, para todo, ya que si no hay unos conocimientos previos bien sólidos —que es lo que suele pasar—, no se mejora el aprendizaje en absoluto”.

Componente práctico

En lo que también existen discrepancias es en el hecho de determinar si el ABP prepara mejor a los alumnos para su futuro profesional. “El ABP tiene un componente práctico indiscutible. El entorno laboral de hoy en día se basa mayoritariamente en el desarrollo de proyectos, y así estamos preparando al alumnado para un entorno futuro, ya que también aprenden que en cada fase del proyecto hay dificultades que superar”, reflexiona Marc Lafuente.

Olga García, por su parte, sostiene que en la generalización del aprendizaje por proyectos “hay muchos intereses en juego por cambiar la escuela y convertirla en un lugar en el que la gente salga ya con una mentalidad emprendedora”.

“De lo que se trata es de acostumbrar al alumnado al reciclaje permanente, de mentalizarlo para asumir psicológicamente un contexto laboral muy precario, muy volátil”, apunta Enrique Galindo, quien considera que la metodología ABP aplicada de forma generalizada busca crear ciudadanos perfectos para ese sistema precario y volátil. “Gente que no sepa mucho de prácticamente nada, pero que sí tenga el entrenamiento para ser muy flexible a la hora de cambiar de trabajo, de proyecto”.

Una innovación que viene de antes

Aunque luce el cartel de innovación educativa, los orígenes del aprendizaje basado en proyectos (ABP) se remontan a mediados del siglo XIX, en entornos universitarios, y ya a principios del siglo XX la metodología se usaba en escuelas públicas americanas. Se señala al pedagogo americano John Dewey (1859-1952) como uno de los primeros defensores de este método de enseñanza, aunque fue un compañero suyo, el educador William Heard Kilpatrick (1871-1965), quien realmente lo hizo famoso a través de las 18 páginas que componían The Project Method (1918).

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