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Aspiracionismo y aspiraciones educativas

De acuerdo con la Real Academia Española (RAE), uno los significados de la palabra aspiración se refiere a la “acción y efecto de pretender o desear algún empleo, dignidad u otra cosa”. Entre sus sinónimos se encuentran los siguientes: anhelar, desear, soñar, pretender, empeñarse, ambicionar y querer. Por otro lado, entre sus antónimos se identifican los siguientes: indiferencia, renuncia, desilusión. En otras palabras, tener aspiraciones implica querer mejorar en lo personal, social, económico, profesional. Por el contrario, quienes no tienen aspiraciones son personas apáticas, desinteresadas, desganadas y muestran desdén en los diferentes ámbitos de la vida. Mientras que tener aspiraciones en la vida se considera una cualidad, no tenerlas implica una debilidad o defecto personal.

Cuando a la palabra aspiración se la agrega la terminación “ista”, se le convierte en el sustantivo “aspiracionista”; palabra que no reconoce la RAE, pero que coloquialmente se utiliza para calificar despectivamente a una persona o grupo de personas que rigen su conducta en función de tener cosas e identificarse por sus logros, posesiones o posiciones de privilegio social. Se dice que el aspiracionista busca por todos los medios “salir adelante”; y, salir, en este sentido, significa cambiar de estatus quo o nivel social en que se encuentra una persona. Es decir, tener muchas aspiraciones y querer ascender socialmente se convierte en algo negativo (tan o más malo que no tener ninguna ambición). En este sentido, la usa constantemente el presidente para referirse y descalificar a la clase media del país.

Me pregunto si esta palabra despectiva tiene sentido en el campo educativo y profesional. ¿Podríamos decir que alguien es aspiracionista por: afanarse en estudiar en las mejores universidades y obtener el grado de doctor; desear ser el estudiante más aplicado en su grupo escolar o publicar artículos de investigación en las mejores revistas científicas del mundo; lograr bailar, actuar, tocar o dirigir en grupos artísticos de talla internacional; ganar una medalla de oro en algún deporte olímpico; romper algún Récord Guinness; ganarse el premio Oscar por dirigir una película o actuar en ella y ganarse el premio Nobel de Literatura o Ciencias.

Me hago esta pregunta porque el motor del logro escolar de un estudiante es su aspiración por alcanzar metas educativas que lo ayuden a “salir adelante”: que lo saquen de la situación social en la que se encuentra y que lo saquen de la pobreza. Pero también significa que alguien quiera ascender social y económicamente, aunque no tenga carencias; pero que desee vivir en mejores condiciones, en zonas geográficas más seguras y con mejores servicios urbanos, de vivienda y de salud, entre otros.

La investigación educativa, como la realizada por el extinto INEE y otras instituciones internacionales (ej.: ONU, OEI, ECDE) han mostrado con evidencias sólidas que uno de los factores que más influye en el rendimiento académico de los estudiantes es la expectativa escolar que tengan éstos y sus padres o tutores respecto al grado educativo máximo que se aspira alcanzar. Por lo general, las familias analfabetas o de baja escolaridad esperan que sus hijos terminen apenas la primaria. Por el contrario, las familias más educadas, de padres profesionistas, aspiran que sus hijos no solo sean los mejores en sus respectivas clases, sino que alcancen los niveles educativos más altos en las mejores instituciones nacionales e internacionales. En ambos casos, las aspiraciones de las familias permean en las expectativas educativas de sus hijos y en su baja o alta motivación para el estudio, dando como resultado que unos apenas logren terminar la primaria, mientras que otros culminen el doctorado.

Por eso me pregunto si es correcto utilizar el término aspiracionista en materia educativa y profesional, sobre todo porque su raíz alude a una virtud del ser humano: el deseo de superarse. No se nace con esta virtud, sino que se forma con el ejemplo de terceros y con el esfuerzo personal. Puedo decir que en mi familia se valoraba mucho el aspirar a lograr grandes metas en la vida, una de ellas era el estudio. Entre más se estudiara, mejor; entre más se aprendiera, mejor; entre más se esforzara, mejor; entre más tiempo se pospusieran las recompensas de trabajar duro hacia una meta, mejor. Mi madre fue un ejemplo de ello y a los 17 años logró su aspiración deportiva; ser la primera mujer que abanderó una delegación olímpica mexicana (Los Ángeles, 1932). ¿Sería ella una “aspiracionista”? No lo creo. Pero tampoco creo que nadie que aspira a mejorar sus niveles educativos lo sea.

Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A.C.

@EduardoBackhoff

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