Hace días comentaba con alguna colega, varios asuntos relacionados con el tema educativo. Desde luego, las recientes propuestas que ha dado a conocer el Secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, ocupó buena parte de la charla. Argumentos y contraargumentos fueron expresados mientras disfrutamos de un delicioso capuchino. En esas estábamos cuando el tema de las escuelas normales salió y ocupó otra buena parte de tan amena plática. ¿Te has puesto a pensar que de las escuelas normales poco se sabe? – Me inquirió mi acompañante. Su estructura, su organización, su currícula, sus procesos de formación, sus procedimientos de gestión, en fin, muy poco se sabe de este medio –me aseguró con firmeza. Y es que mira, yo creo que muchas personas que no pertenecen al ámbito educativo desconocen sobre el normalismo mexicano y lo que sus instituciones representan. Se sabe que forman maestros pero hasta ahí queda– volvió a asegurarme.
Quienes tuvimos la fortuna de haber vivido en la década de los setenta, podremos traer a nuestra mente un sinfín de acontecimientos que marcaron esa época; sin embargo, algo que deseo rescatar en este momento, está relacionado con la emancipación de las ideas y la expresión de éstas en buena parte de los seres humanos de los países que conforman el mundo que conocemos.
En mi pasada entrega, en este mismo espacio, realicé una somera crítica a la implementación del Plan de Estudios 2012 en las Escuelas Normales. En esas mismas líneas argumentaba, que su puesta en marcha en las instituciones formadoras de docentes, ha representado serias dificultades para quienes hacen uso y manejo de éste, consecuencia de una escasa capacitación, así como también, de la gran diversidad de perfiles y trayectorias académicas que en el medio puede encontrarse.
Sin entrar de lleno a un debate del que no pudiera rescatar nada importante de la serie de acontecimientos que observé en el año pasado en el escenario normalista; en esta ocasión, deseo compartir con usted mi estimado lector, algunas reflexiones en torno a una “reforma” que el mismo Secretario de Educación, Aurelio Nuño, ha anunciado con “bombos y platillos” entrará en vigor a partir del mes de febrero de este año; me referiré – como parece obvio – al caso concreto de las Escuelas Normales.
A pocos días de culminar el año, un hecho por demás doloroso y lamentable ocurrido hace varios meses, sigue presente en la memoria de muchos mexicanos: la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.