Hace una semana, el 15 de febrero, la profesora Delfina Gómez asumió la titularidad de la Secretaría de Educación Pública (SEP) ante el presidente de la República. Su discurso iba dirigido a él. Los símbolos de Palacio Nacional fueron el escenario ideal para enlistar cuatro “líneas de acción”, que el titular del Poder Ejecutivo ya había comentado y que según la maestra, dijo estar, “muy de acuerdo porque es la base de una educación”.
La semana pasada escribí sobre el mérito y el debate que han impulsado algunos académicos estadounidenses. Pregunté en qué parte de esta discusión estamos en México y varios lectores respondieron que ni siquiera en ciernes. ¿Será verdad? ¿Acaso los universitarios estamos cómodos viendo pasar de noche el trasatlántico de la desigualdad? ¿Dónde está la crítica al valor - a veces desmedido - que le atribuimos a ciertas actividades cuando otras merecen mayor reconocimiento? ¿La productividad basada en el pago por mérito (merit-pay) ya obscureció nuestra capacidad reflexiva?
Una cosa que llama la atención al visitar la librería Coop en Harvard Square es el número de libros catalogados en el anaquel bajo el título de “la meritocracia y sus críticos”. Ahí, en el seno de una de las universidades más elitistas de Estados Unidos, uno puede aprender de los diversos debates (periodísticos y académicos) que cuestionan si en realidad la sociedad americana ha recompensado a las personas por su capacidad, talento y esfuerzo individual. ¿No será que otros mecanismos como las “palancas”, raza, color de piel, nepotismo e ideología operan para ubicar a los seres humanos en determinadas posiciones? ¿Es el mérito resultado directo del esfuerzo individual para merecer abundancia? ¿Más vale “lealtad que capacidad”?
¿Podemos sentir el triunfo y las miserias de otros pueblos como nuestras? Hace cuatro años, cuando los estadounidenses eligieron a Donald Trump como presidente, escribí que era una desgracia. Un “retroceso para la humanidad” (Trump y la derrota educativa, EF, 17/11/16). Encumbrar a un racista y demagogo no podía significar otra cosa.
Así como a los historiadores les interesa el ejercicio o la “biografía” del poder, a los analistas de políticas nos llama la atención los modelos de decisión.
¿Qué explica que tal o cual actor político o agente escolar actúe de determinada manera? ¿Qué variables intervienen en la toma de decisiones? ¿Qué factores son controlables para el decisor, cuáles no y por qué? ¿Podría alcanzar la política educativa mayor efectividad al anticiparnos a la acción —o reacción— de otros agentes de decisión educativa?
Dice Luca Gualtieri, periodista italiano, que sin datos uno es simplemente una persona más que opina. Pero opinar ofreciendo información, motiva a tener una discusión más informada y aún así, podemos equivocarnos.
El regreso a clases es algo que todos vamos a enfrentar tarde que temprano. Será un proceso vital por múltiples razones.
Por un lado, está el aprendizaje y el bienestar de la niñez y juventud mexicanas. Según la consulta OpiNNA del Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, a los menores de 3 a 5 años les provocaba “tristeza no poder ir a la escuela o jugar con sus amistades”. En el caso de los jóvenes de entre 12 a 17 años, tres de cada diez sentía “ganas de no estar en casa” y 80 por ciento de ellos no había recibido apoyo para sus actividades escolares. ¿Alguien ha calculado el déficit de aprendizajes y cómo se reparte en los diversos segmentos de la población? ¿Estamos conscientes —y seremos responsables— de los efectos de esta nueva crisis educativa?
¿Cómo vivieron estudiantes, docentes, directivos, madres y padres de familias el cierre escolar durante los primeros tres meses? Aunque ha habido un buen número de sondeos y encuestas para responder a esta pregunta, es importante revisar el reporte publicado recientemente por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu).
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.