La calidad educativa no solo debe considerar el resultado o los puntajes obtenidos, sino también el proceso de enseñanza-aprendizaje que da origen a esos resultados. Éste es el argumento central aquí y lo voy a tratar de fundamentar con base en dos sucesos de la realidad educativa reciente.
El lunes 25 de noviembre se inauguró en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) la primera edición de la Cátedra Leonardo Morlino con el propósito de reconocer los aportes del teórico de la democracia, revisar sus contribuciones, y ensanchar la presencia internacional de nuestra facultad en beneficio de los jóvenes universitarios.
Bajo el sol de Acapulco, hoy inicia el XV Congreso Nacional de Investigación Educativa que organiza el Consejo del mismo nombre (COMIE). Esta actividad es una de las más importantes del COMIE, junto con la elaboración de los resúmenes o Estados de Conocimiento y con la edición de la Revista Mexicana de Investigación Educativa, que es el journal mexicano de mayor prestigio en el campo (Q2).
La relación entre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y las universidades públicas del país es problemática y tensa. Primero, de un plumazo, se borró la fracción que hablaba de autonomía universitaria en las primeras iniciativas de cambio constitucional. Si no hubiese sido por la oposición - y Twitter -, los representantes gubernamentales no habrían salidos presurosos a reconocer que tal omisión había sido un “error” de software.
El premio Nobel de Economía de este año fue para AbhijitV. Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer (1964). El primero nacido en India (1961), la segunda en Francia (1972) y el tercero en Estados Unidos, aunque todos asentados en la ciudad de Boston y trabajando, específicamente, para el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y para Harvard.
Como profesor de teoría social en la universidad, no en pocas ocasiones he pasado problemas al tratar de enseñarle a los jóvenes qué cosas puede explicar (y qué no) la cultura, el contexto, o la “estructura social”.
Es común que cuando queremos explicar porqué persisten fenómenos tan complejos como la corrupción, la violencia o el mal hábito del otro, apelemos rápidamente a la “cultura”. Ejemplo de ello es la sentencia que reza que “como hemos vivido bajo una cultura política autoritaria, en México no podemos participar razonadamente en los asuntos públicos”. Pero, ¿será verdad que la “cultura” determina invariablemente todas nuestras acciones? ¿Y quién hace entonces la “cultura”? ¿Nos es impuesta al nacer? ¿Es algo biológicamente heredado?
Pasaron ya nueve meses desde que el presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), dio a conocer su iniciativa de reforma educativa. Contrario a la manera en como se procesaron los cambios en 2013, ahora hemos tenido debate público y parlamentario y hemos presenciado tanto las viejas prácticas de un régimen autoritario como situaciones imprevistas. La democracia mexicana sigue, por tanto, su propia ruta de construcción, la cual no es sutil y sí muy compleja.
Aunado al accidentado y opaco proceso para elegir, por parte del Senado, a los miembros del organismo de evaluación y mejora educativa, el debate educativo está próximo a tomar un nuevo e impredecible giro.
Se sabe que el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, y sus subsecretarios supuestamente designados directamente por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), están apresurados elaborando las leyes secundarias de la Reforma Educativa para iniciar, el lunes 26 de agosto, las clases con una nueva reglamentación. ¿Será esto posible? ¿Serán las nuevas leyes surgidas de la “Cuarta Transformación” (#4aT) tan bien procesadas y validadas socialmente que permitan una implementación de políticas educativas efectiva? ¿O se impondrá el #MeCansoGanso con la consecuente ineficacia de siempre?
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.