La universidad se creó para hacer un nuevo tipo de hombre, para creer en él. Más que nunca, urge restaurar esa fe. Y para eso no hace falta pensar en superhombres, nos bastan los hombres de tamaño natural. Como aquellos universitarios de la Edad Media y del primer Renacimiento que supieron todo lo que sabían los hombres del pasado, que hay que fundar una nueva ciencia: la ciencia de ser hombre…A primera vista parece muy difícil renunciar a los bienes materiales para canjearlos por los bienes del espíritu. Pero un enano, subido en los hombros de un gigante, ve más que el gigante mismo. Somos pocos y pequeños los que apostamos en favor del espíritu, pero desde los hombros de la materia, vemos ya la salida del sol. Lo dijo Bernardo de Chartres en pleno siglo XII.
Todos somos maestros de buena o mala conducta. Hay quienes al vernos, se apartan de la mala y siguen la buena. Otros proceden al revés. Todos enseñamos a los más jóvenes a ser lo que somos o lo que deberíamos ser. “Un padre educa a su hijo hasta con el mal ejemplo”, palabras de Hutchins, un educador norteamericano que nos recuerda eso que nos gustaría olvidar: los adultos somos maestros inconscientes: procedemos como si nadie nos viera. Impunemente damos mal o buen ejemplo a los jóvenes. ¿Podemos exigirles que sean mejores que nosotros?
¿Resultado pedagógico? Y más importante todavía preguntar: ¿Cuál fue la experiencia humana con respecto al instructor? ¿Cuáles los valores de comunicación, de afecto, de solidaridad, casi de fraternidad?
La única autoridad que podemos consentir es la que se desprende de la capacidad, de la categoría intelectual, de los dones del conocimiento obtenidos a lo largo del esfuerzo o de las cualidades a veces innatas que hacen del maestro también un artista.
En diferentes ocasiones he manifestado o dejado ver entre líneas, que la lucha que hoy pretende el Derecho a la Educación, debe transformarse en la lucha por el conocimiento, a menos que por educación se asuma el sentido más amplio de la palabra, y no se le reduzca como sinónimo de escuela. Por supuesto que el brindar acceso a toda la población de un país, objetivo común de muchos, no basta, junto al acceso masivo, habrá que garantizar su acceso al aprendizaje y al conocimiento; de lo contrario, es solo una quimera.
Como tribuno y soñador de la educación, con un dilatado andar en el ecosistema universitario, en cierta ocasión invité soñar a un grupo de estudiantes de una maestría multidisciplinaria, que aglutinaba a funcionarios y académicos con trabajo estable, el sueño consistía en abandonar su puesto laboral para emprender su propio destino. Al escuchar tal propuesta, muchos dijeron que era una descabellada idea, pues estaban cómodos y tenían una familia que mantener y otros argumentaban que un profesor de maestría debe pisar tierra y no estar construyendo rascacielos en las nubes.
Hace mucho, alguien me dijo que tener mente de aprendiz le mantenía vivo, expectante, en evolución. Y yo, al igual que la institución que represento, lo creo y vivo así. La capacidad de aprender e introyectar lo aprendido es una habilidad que se cultiva, y también es una forma de vivir, en lo individual y colectivo. Las organizaciones sociales (y todo el universo de la sociedad civil organizada) son entes vivos, que laten y respiran gracias al talento de las personas que las conforman. Estas personas, son quienes —en su más puro ejercicio del derecho a la organización y la manifestación— dan acción a las instituciones sociales.
Desde que yo era niña tenía la certeza de que quería ser maestra… crecí entre aulas, libros, carros alegóricos y alumnos, muchos alumnos. Mi vocación me la heredaron mis padres y la reforzaron grandes docentes que hasta hoy admiro, respeto y quiero profundamente… ahí entendí que un maestro es alguien que se queda para siempre en la memoria y el corazón de sus estudiantes durante toda su vida
He elegido este epígrafe y este tema para el artículo de hoy porque, a pesar de mis muchas limitaciones y elementos por mejorar, me identifico completamente con lo que afirma Nietzche y cita Morin en este libro autobiográfico. Con mejores o peores resultados, cada semana pongo en estos textos toda mi vida y toda mi persona. Lo mismo ocurre con mis artículos académicos, sean de investigación empírica o de aportación teórica a mis áreas temáticas.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.