Han pasado varios días de este fuerte mensaje y el silencio sigue siendo una oportunidad para interpretar la incongruencia de quienes hoy esperaríamos alzaran la voz para defender un legado permeado de institucionalidad y progreso laboral, sin embargo pareciera ser que dicha noticia es aceptada con cierta resignación.
“Las y los estudiantes que en el ciclo escolar 2023-2024 deban cursar segundo y tercer grado de preescolar, de segundo a sexto grado de primaria, y segundo y tercer grado de secundaria, concluirán el nivel educativo correspondiente conforme a lo dispuesto en el Acuerdo número 12/10/17 por el que se establece el plan y los programas de estudio para la educación preescolar, primaria y secundaria: aprendizajes clave para la educación integral.” La reforma de Enrique Peña Nieto no termina de morir y seguirá presente en las escuelas.
Durante el evento de presentación del plan de estudios de la Educación Básica 2022 (SEP), el pasado 16 de agosto, celebrado en el Auditorio “Maestro Rafael Ramírez” de la Escuela Secundaria Anexa a la Normal Superior, ubicada en la Ciudad de México, los simbolismos políticos desbordaron o desplazaron al contenido del documento referido.
El México de 2022 comienza a parecerse al del siglo pasado, aquel de partido único, del dedazo, en donde no había contrapesos y nadie se atrevía a contradecir al presidente. Llevamos cuatro años en vilo, observando el desmoronamiento del Estado mexicano y de su compromiso con la garantía de derechos: a la salud, al medio ambiente, a la educación.
El 16 de agosto se llevó a cabo la presentación del Plan de Estudios de Educación Preescolar, Primaria y Secundaria en que ha trabajado la SEP este año. El acto se celebró la Secundaria Anexa a la Normal Superior de México e hicieron uso de la palabra, en orden de aparición, Luis Humberto González Fuentes (titular de la Autoridad Educativa Federal en la CDMX); Martha Velda Hernández (subsecretaria de Educación Básica, SEP); Rosa María Torres Hernández (rectora de la UPN); Ángel Díaz Barriga (investigador del IISUE-UNAM); Alberto Montoya Martín del Campo (titular de la Conamer); Claudia Sheinbaum Pardo (jefa de Gobierno de la CDMX) y Delfina Gómez Álvarez (secretaria de Educación Pública). También estuvo en el presídium, aunque sin hacer uso de la palabra, Leticia Ramírez Amaya, recién designada al frente de la SEP.
A principios de 2015, un estudiante de la Universidad de Ciudad del Cabo en Sudáfrica lanzó heces fecales sobre una estatua del imperialista británico Cecil Rodhes, considerada monumento al colonialismo. El hecho detonó el inicio del movimiento Rhodes Must Fall, que llegó a cuestionar contenidos y prácticas coloniales en la educación de ese país y más allá de sus fronteras. En cuestión de semanas, la protesta se extendió a otras instituciones del mundo, apuntalando una potente discusión sobre la descolonización de la educación superior en universidades como Oxford, Harvard y la Escuela de Economía de Londres, donde estudiantes preguntaron: ¿mi currículo es blanco? La trascendencia fue tal, que la propia Quacquarelli Symonds, compañía conocida por sus rankings internacionales, llegó a hablar en 2020 sobre la necesidad de discutir la descolonización de la educación. Así, un debate presente desde mediados del siglo pasado, relativo a la superación de estructuras de dominación colonial en la cultura y la educación, obtuvo nuevo aliento, ya no particularmente en África o América Latina, sino en el corazón de Occidente.
Durante las campañas electorales del año pasado, 7 de cada 10 referencias en los medios de comunicación convencionales hacia las personas jóvenes por parte de las y los candidatos fueron genéricas. En los medios de comunicación convencionales se reproducen frases tales como: “Históricamente los jóvenes han sido relegados”; “los jóvenes merecen vivir en mejores condiciones”; “trabar por la juventud”; “los programas sociales son para alejar a los jóvenes del crimen”.
Si el futuro depende de nuestra capacidad de crear y curiosear, suena interesante y conmovedor diría Albert Eistein. Como un sueño, todo se transforma a un ritmo acelerado. Cada vez, vivimos más tiempo en el espacio digital y tecnológico, por lo que el Foro Económico Mundial recomienda desarrollar diez habilidades, para sobrevivir en esta jungla de la automatización e inteligencia artificial que naturalmente debe ser potenciado desde la educación.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.