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La iniciativa de Ley del Servicio Profesional Docente

Por qué importa aprobarla aunque tenga (serias) limitaciones

Diversos conocedores y analistas en materia de educación, entre los que destacan Ricardo Raphael (http://j.mp/1dhlkdu) y Jorge Javier Romero (http://j.mp/17dFobB), consideran que la iniciativa de Ley del Servicio Profesional Docente es mala, insuficiente, excesivamente limitada. Coincido con ellos. La ley en cuestión, si bien apunta en la dirección correcta, apenas roza la superficie, no es suficientemente precisa ni contundente y es omisa en asuntos clave.

Por ejemplo, le da a maestros y directivos tres oportunidades para aprobar la evaluación y, en caso de fallar una tercera vez, en lugar de mandatar su despido, simplemente estipula que serán reubicados. Otro ejemplo: la iniciativa establece un periodo de “inducción” de tan sólo dos años, una vez transcurridos los cuales, el docente, en caso de aprobar la evaluación correspondiente, adquiere la definitividad en el cargo. Finalmente y sobre todo: la ley no especifica suficientemente en qué consiste la “idoneidad” para el cargo de maestro y tampoco especifica ni las responsabilidades ni, en su caso, las sanciones por incumplimiento de las autoridades estatales en la instrumentación y operación de la nueva carrera docente.

Considero, sin embargo y a pesar de todo lo anterior, que resulta fundamental que esa iniciativa se apruebe. Para explicar mis razones, permítaseme recurrir, para empezar, a una analogía que nada tiene que ver con el tema concreto de la reforma educativa, pero que me parece útil para encuadrar el tema.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII en Francia, cuando los ilustrados y los republicanos empezaban a cuestionar la legitimidad de la monarquía, Joseph de Maistre —filósofo político, monarquista de pura cepa— les insistía a sus correligionarios que aceptar el concepto mismo de “legitimidad” y acceder a participar en el debate sobre esta, era el principio del final y, de hecho, terminaría sepultando al régimen monárquico. La condición de monarca, repetía una y otra vez De Maistre, no era un asunto de legitimidad, sino de voluntad divina. El Rey es Rey y tiene la autoridad que ello le confiere porque así lo quiso Dios…point final. El origen de su autoridad no es de esta tierra, ni de los hombres que la habitan; esa autoridad es un asunto que compete al Creador… en exclusiva. Siendo esto así, para De Maistre, aceptar discutir si el Rey tenía o no legitimidad para gobernar significaba, para todo propósito práctico, perderlo todo, pues implicaba renunciar a la premisa de base, la mayor, la que sostenía todo el edificio sobre la que descansaba la institución real: la decisión de quién gobierna no es de los hombres, sino del Todopoderoso.

Algo análogo ocurre en estas tierras estos días en relación a la reforma educativa. Para los liderazgos magisteriales de la CNTE, hablar de mérito, de reglas para ingresar, permanecer y ser ascendido en el cargo de maestro significa tanto como lo que significaba para De Maistre abrir la discusión sobre la legitimidad del Rey para gobernar. Para los líderes de la CNTE, acceder a discutir sobre los criterios o requisitos generales que habrán de regir el ingreso, promoción y separación de tales plazas significa, nada más y nada menos, poner en entredicho el asiento fundamental de su poder, la premisa mayor, el fundamento que les confiere autoridad y poder. La premisa mayor es quién decide sobre el particular y eso, para los líderes de la CNTE ocupa un lugar parecido al que, para los monárquicos —en particular los más recalcitrantes— tenía la noción del origen divino de la autoridad monárquica. Sí, lo reitero, la iniciativa de ley del SPD es floja en lo que hace a los criterios y requisitos para ejercer de maestro y directivo en nuestras escuelas públicas, mismas que, por cierto, atienden —es un decir, como diría Gil Gamés— a la inmensa mayoría de los alumnos del país. Hubiera convenido, sí; hubiera sido ideal, sí, una iniciativa de ley con mayor precisión en materia de responsabilidades y con muchísima mayor exigencia en los requisitos para ejercer una de las profesiones con mayor impacto para el futuro de cualquier colectividad.

Light y todo importa aprobarla, y mucho, pues de su aprobación depende la posibilidad —no la certeza, pero al menos la posibilidad— de transitar de un universo a otro. En concreto, del universo conocido en el que líderes gremiales deciden sobre vidas y futuros de los maestros sin tener que dar explicación alguna a nadie, a un universo distinto. Uno en el que, posiblemente, empiece a contar para ser maestro el tener la motivación y la capacidad para enseñarle a los alumnos cosas que les permitan tener más libertad y más poder para decidir sobre sus vidas y para contribuir al desarrollo de sus comunidades, de México y del mundo.

Para transitar del primer universo al segundo, importan, hoy por hoy, menos los requisitos concretos que se determinen para acceder y conservar un puesto de directivo o de maestro que la definición sobre la universalidad de estos y sobre quién tiene la autoridad para fijarlos. De eso se trata la batalla por esta iniciativa. De ahí el que, a pesar de criterios flojos y poco exigentes, los que se resisten a ella lo hagan con tal virulencia y con tal violencia. El problema para los opositores de la iniciativa no son los requisitos específicos que esta fija para la carrera docente. El tema de fondo es que ésta les arrebata el monopolio para decidir, caso por caso, quién entra, quién se queda, quién asciende, quién se queda estacionado. De eso está hecha la litis y es por ello que importa pelearla y ganarla.

Cierro acudiendo de nuevo a la analogía planteada arriba. Me queda claro dónde están y cuánto están dispuestos a pelear por sus intereses los De Maistre y las huestes monárquicas más recalcitrantes en relación a la iniciativa del Servicio Profesional Docente. Me resulta menos evidente dónde están nuestros ilustrados y republicanos —muy especialmente los que tienen poder y autoridad ganada en las urnas— en relación a esta batalla en la que se juega, probablemente, no sólo el futuro de este gobierno, sino, en mucho, el futuro del país completo.

Deseo que el hecho de no verlo yo claro tenga que ver tan sólo con que a mí me falte información y con que se están reagrupando y reconcentrando sus fuerzas. Espero que así sea y que, como en aquella otra batalla, acabe ganando la posibilidad de un futuro más ancho para más y no el albedrío libérrimo, violento e impune de unos cuantos, ejercido a costillas de todos.

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Publicado en La Razón

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