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La pedagogía de la marcha: el miedo a la muerte violenta

Miguel Ángel Rodríguez

Después de participar en la megamarcha estudiantil de Puebla medito sobre la disposición emotiva, el estado de ánimo, el temperamento fundamental que animaba el caudaloso río de voces juveniles que nos brindaron, a capela, un concierto memorable, porque despertó la posibilidad de sentir el brote, el primer botón, de una nueva comunidad política. 

Un ímpetu amoroso nacido del miedo a la muerte violenta.  

Quiero decir, los chavos y chavas de las más variopintas licenciaturas, de las más disímbolas universidades y situaciones económicas, olvidando toda distinción de clase, la patológica fiebre del estatus, devolviendo al tubo de gracia del cual procediese la enfermedad de la importancia, descubrieron la energía vivificante que representa ser parte de un todo, de un poder estar juntos, en fraternidad, los unos con los otros, para salvar la nave, para alcanzar una vida digna: “Hoy nos une el hartazgo, hoy nos une la fuerza: hoy exigimos justicia”, pues “cansados de sobrevivir, queremos vivir”.

La fusión ciudadana me entusiasmó, volví a las marchas de “Los sin tierra” en las que participó Paulo Freire como una solidaria muestra “…de la voluntad amorosa para transformar el mundo”.

No tengo dudas, la del jueves fue la manifestación estudiantil más poderosa de cuantas haya registrado la Angelópolis desde que las marchas son un signo de protesta, de rebeldía ciudadana, no solo hablo del número de miles y miles de estudiantes, que algunas fuentes moderadas calculan hasta en 100 mil, también me refiero al contenido de las disposiciones afectivas, pasionales, que insuflaban fuego a las armónicas y concertadas voces de la marcha del 5 de marzo del 2020.

¿Qué sentimientos son capaces de fundir los más diversos fragmentos del cosmos, hacer comprensibles las lenguas, derribar las murallas clasistas, racistas y colonialistas, para experimentar, por unas horas, la originaria emoción del poder estar juntos y de la auténtica reconciliación social…?  ¿Qué temple es más influyente en la toma de decisiones del ser humano, el amor a la vida o el miedo a la muerte violenta…?

Hace varios siglos, por lo menos tres y medio, que Thomas Hobbes dirimió en favor de la segunda pasión el dilema sobre cuál de ellas dominaba más decisivamente la voluntad y la acción de los seres humanos. Y me inclino a pensar que el jueves pasado, en el prodigioso e inédito espectáculo de comunidad que experimentamos con la marcha estudiantil, aunque había muestras de optimismo en la verdad moral del estudiantado, en la justicia de sus demandas, confianza en la fuerza admirable de la organización, en la solidaridad ciudadana, con todo, la disposición afectiva que abría la comprensión a la unidad insólita de la sociedad poblana, la que esenciaba y daba sentido a la movilización, digo, era el miedo a una muerte violenta. 

 Y una emotividad que sucede al miedo a la muerte, que la sensación de vulnerabilidad propia engendra en los circuitos neuronales de los seres humanos: la ira. La ira que la impunidad siembra en los corazones estudiantiles y que, por el bien de todos, sería mejor encontrar una fórmula expedita y eficaz para sacar de sus circuitos neuronales las sustancias tóxicas de esos estados de ánimo. ¿Qué clase de seres humanos testimoniamos con el dominio de esos tiránicos estados de ánimo alojados en el cerebro y en la sangre…?

Quiero pensar a la marcha entre la poesía y la técnica. 

Recientemente descubrí que hay un prodigioso avance de la neurociencia en materia de imagen, es la magnetoencefalografía, es una técnica que permite apreciar en una iamgen, como a gatas lo entiendo, las áreas y las redes neuronales en el momento en que el cerebro realiza un juicio estético o un juicio ético. Pues si se vale la analogía podría pensarse que la marcha puso al descubierto, nos deja ver con nitidez, el pesimismo del juicio moral que los habita. Pienso en el par de líneas del poeta español Bernardo López García, un vate decimonónico y republicano, que una audaz alumna de gastronomía desenterró para convertir en la magnetoencefalografía del juicio moral de la juventud del México de nuestros días:  “Y al suelo le falta tierra, para cubrir tanta tumba”.

Entre todos los acordes del concierto, sin embargo, una voz fue protagónica de manera natural: el canto digno y libre de las mujeres. Muchas de ellas salieron a las calles para exigir justicia por vez primera, para estrenar la ciudadanía en una causa comunitaria, pude saludar a las hijas preparatorianas de dos amigas universitarias, una de ellas víctima reciente de la violencia ingobernable que azota la entidad, todas ellas exigiendo la validez, la efectividad del derecho a una vida libre de violencia. Entre las pancartas hubo una que llamó mi atención, porque actualiza tres momentos históricos recientes, tres acontecimientos políticos decisivos que, articulados, nos describen con detalle las características del estado de excepción y la nuda vida, la vida abandonada por el Estado. Con el número tres el cartel identificó el reciente juvenicidio de Huejotzingo, Puebla; con el cuarenta y tres dio presencia a los desaparecidos de Ayotzinapa y, al final, con el diez, nombró el drama de los feminicidios, pues a diario son asesinadas diez mujeres en México y la mayoría son crímenes que quedan en la impunidad. La nuda vida en la que sobrevive una parte considerable de la población, los más pobres, los expone al asesinato sin responsabilidad jurídica para los responsables: “Hoy nos faltan 3/ Nos faltan 43/ Y cada día nos faltan 10”.

De la misma manera, el discurso feminista se volvió omnipresente, fueron notas graves en medio de un sol agudo, las voces ensombrecían la resolana a plomo del jueves 5 de marzo en la Angelópolis, la disposición afectiva del miedo a una muerte violenta se coronó entre ellas, las consignas, cantos, pancartas, el lenguaje, pues, conectaba íntimamente esa Stimmung, esa estremecedora emotividad con la particularidad histórica de ser mujer en tiempos oscuros: “Me da miedo ser mujer, me da miedo ser estudiante, me da miedo ser esposa, me da miedo ser poblana”.

Otras de las pancartas que filtraban el mismo temple eran consignas tales como “No nos conocemos, pero nos necesitamos”. Una expresión que es un nuevo conjuro contra el individualismo posesivo, narcisista, egocéntrico, clasista, racista, colonialista, es una convocatoria a la más originaria solidaridad entre los humanos, es una invitación al cuidado, es un llamado al sentido de organización primitiva, porque nos va la vida en ello: “si nos organizamos vivimos todos”. 

Una alegre tonada, acompañada por silbatos e instrumentos de viento prehispánicos, cuyo sentido es posible comprender en toda su dimensión si la complementamos con el estribillo más repetido, diría que el más sentido, entre los chavos y las chavas manifestantes de todas las gamas y variedades, que se resolvía en una interrogante repetida hasta el infinito: “¿En dónde está/ en dónde está/ ese gobierno que nos iba a cuidar?, ¿en dónde está/ en dónde está/ ese gobierno que nos iba a cuidar?, ¿en dónde está/ en dónde está/ ese gobierno que nos iba cuidar?”

Es una severa crítica a los poderes públicos y al Estado mexicano por la evidente incapacidad para frenar la violencia impune. Una cuestión que ningún poder público atina a responder con eficiencia, el silencio es la respuesta del Leviatán, el rey de los soberbios no contiene, no tiene el poder de sancionar los abusos y los crímenes se repiten con una regularidad cronométrica contra los jóvenes: el juvenicidio.

Otro letrero que nos revela el estado de ánimo colectivo es el que nos recuerda, y ahora también a los colombianos y extranjeros residentes en Puebla, que en el México bárbaro “las ilusiones se pagan con la muerte”. Eran las ilusiones de ser lo que en libertad habían elegido ser las que motivaron a José Antonio Parada Cerpa (22 años, UPAEP) y a Ximena Quijano Hernández (25 años, UPAEP) a viajar a México para vivir y estudiar en la muy colonial ciudad de Puebla, compartían esos sueños con el estudiante veracruzano de medicina Francisco Javier Tirado Márquez (22 años, BUAP). El propio conductor del UBER, Josué Emmanuel Vital Castillo, con 29 años de edad, se encontraba construyendo un horizonte de posibilidades futuras. 

Los cuatro venían de un carnaval, donde la risa, la danza, la ironía, el rapto amoroso, la fiesta primigenia, la liberación de la carne, con sus rituales paganos, reúne, confunde, en un momento de locura dionisiaca, al noble y al villano, al prohombre y al gusano -como canta con voz festiva el entrañable Serrat. Y horas después la penuria extrema nos oprimía hasta la asfixia. El cobarde asesinato nos sumió en el desasosiego, el tremor de lo inhóspito se sacudió en nuestro interior para descubrir quer vivimos bajo el dominio del miedo a una muerte violenta. Para decirlo de manera plástica, nos encontramos frente a un cuadro tan tétrico y sombrío como “El triunfo de la muerte” (Pieter Brueghel el viejo). 

En el estado de Puebla el teatro de la crueldad parece estrenar cartelera a diario, se trata de crímenes que se superan a sí mismos y los unos a los otros, como si de una competencia olímpica se tratara, pues cada vez son más acusados los signos del salvajismo, de la absoluta ausencia de conciencia moral. Esa enrojecida y enlutada cartelera nos advierte de la necesidad imperiosa de hacer algo frente a la bestia que nos amenaza a todos con una muerte violenta, un terror que no te deja vivir, ni estudiar, “entre tanta sangre que limpìar.”

Y en este escenario trágico me pregunto: ¿Saldremos al fin de nuestro cómodo personaje de indiferencia, de platónicos comentaristas de la situación? ¿Saldremos de nuestro pasmo cotidiano, de nuestro diario cotilleo sobre la nada, para alcanzar la comprensión y hacer algo frente a ese algo aniquilador del ser humano?

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