La pandemia provocada por el COVID19 y las consecuencias sanitarias que se generaron, han pegado de manera significativa en todos los sectores sociales y económicos; hay afortunados que, aún en el encierro, siguen percibiendo ingresos, sobre todo cuando estos provienen de los sectores gubernamentales, según decreto presidencial próximo a publicarse en el Diario Oficial (Notimex, abril 22), o de empresas que, por sus propias características, no dejan de generar utilidades, como es el caso de las escuelas particulares que siguen cobrando colegiaturas –aunque no sabemos si esta situación ha de prevalecer por mucho tiempo, ya que se empiezan a percibir reticencias por parte de los padres de familia para cubrir la matrícula, sobre todo cuando la propia SEP no sabe hasta cuándo se va a extender el regreso a clases-.
Desde el México prehispánico, el Estado, como quiera que se haya estructurado, ha asimilado la responsabilidad de la educación, al menos, a la letra, sin embargo, a partir de la Colonia, el Estado, la Metrópoli dejó de ocuparse de forma cabal de la educación, lo que propició la intervención de los particulares, religiosos, sobre todo, en el ámbito educativo, liberando, así, al Estado de esa penosa obligación.
Los tiroteos en las escuelas se han convertido en un lugar común dentro de la narrativa de la violencia institucionalizada en nuestro país, tal como lo son ya, de manera tradicional, los asaltos, secuestros, asesinatos, ejecuciones, desapariciones y demás; se trata del enriquecimiento de las costumbres nacionales, enriquecimiento muy lamentable.
Aunque existe una Ley de Coordinación de Educación Superior (LCES), esta se promulgó en el año de 1978, durante el gobierno de José López Portillo, lo que la hace ya inadecuada en el contexto de la modernidad y, aunque se han llevado a cabo foros de análisis al respecto, aún no se han establecido los acuerdos y criterios que deban regir a las IES (Instituciones de Educación Superior), con base en una normatividad para las universidades, tanto públicas, como privadas.
Tradicionalmente, las tareas escolares han tenido el objetivo de reforzar los conocimientos adquiridos o poner en práctica lo aprendido, eso, en el mejor de los casos, ya que la mayoría de las veces, la tarea sirve como una justificación del docente del trabajo que no siempre realizó, o, simplemente, la tarea sirve para eso, para dejar tarea.
Dentro del marco educativo y a través de las diversas publicaciones al respecto, llama la atención la propuesta curricular incluyente de la filosofía como un paradigma para la formación de niños y jóvenes, y llama mas la atención el hecho de que casi no exista polémica alguna en lo referente a su implementación.
En los sucesivos gobiernos mexicanos, dentro del contexto político-electoral y de afán de permanencia en el poder y del dominio y control de todos los escenarios de la vida pública, cobra una importante relevancia el ámbito de la educación; los intentos por establecer programas y planes no han cesado a lo largo de décadas, con políticas educativas que tan solo han sembrado incertidumbre en los que, de alguna manera participamos en la educación, afectándonos de manera muy sensible, tanto a maestros, como, y por supuesto, a alumnos, mediante una retórica gastada y tanto, que ya no se comprende, una retórica que lo único que genera es una expectativa por el cambio, pero solo por cambiar, de ahí que nos preguntemos ¿y ahora, qué?.
Existen muchos planteamientos que se hacen en función de optimizar el aprendizaje centrados en diversos factores derivados de la larga historia de la educación; la pedagogía ha sido objeto de múltiples estudios y estrategias, sin embargo, la educación, mas que avanzar, ha retrocedido debido a circunstancias diversas que no siempre está en nuestras manos controlar.
¿A qué se debe?, uno de los factores del atraso educativo radica, ya lo hemos dicho en notas anteriores, en que las políticas educativas se han estancado en eso, en la política. Desde el punto de vista de los juegos de poder, la educación no puede sobrevivir en el remolino de la política, en un caos de ideas y de hasta ideologías incongruentes e inconexas; la política, así, no es más que politiquería de la que el educador, por simple conciencia, debe de permanecer alejado.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.