Las cuentas de la 4T en educación despliegan números rojos con sus estadísticas. Así lo expuse en un artículo anterior (26.02.2024), que demuestra el estancamiento de la matrícula nacional, la crisis de la eficiencia del sistema (en porcentaje egresan de licenciatura los mismos que en los “periodos neoliberales”), las tribulaciones del abandono en bachillerato y la parálisis del financiamiento durante la transformación lopezobradorista.
Mientras preparo mi colaboración para El Diario de la Educación, en las avenidas de la ciudad que habito encuentro carteles gigantes fijos y en los autobuses del servicio público; en ellos, la gobernadora festeja la entrega de computadoras a niños de escuela secundaria (12-14 años) y estudiantes universitarios.
Antes de la pandemia era necesaria la mejora del sistema educativo nacional, por la magnitud de los rezagos y problemas estructurales; después de la pandemia, se volvió imperativo. ¿Quién puede estar de acuerdo con simplemente volver al estado de cosas que teníamos en 2018?
La pandemia por COVID-19 interpela todas las esferas de la vida. La conmoción prevalece cuando observamos una nueva ola, de alta contagiosidad, menos letal, aunque de efectos inciertos. Mientras, se instala la certeza de que habremos de vivir con estas mutaciones del coronavirus y la duda sobre si será mejor adaptarnos o reinventarnos.
El fin de semana anterior concluí mi curso universitario. Los estudiantes que lo tomaron terminaron también su carrera de Pedagogía. Son 28 nuevos egresados en el competido mercado profesional de la docencia y otras tareas educativas.
Elegí la mañana del sábado para escribir el artículo que enviaré a El Diario de la Educación el lunes 23 de mayo. Un taller de escritura extraviado en la agenda me separa de la intención por dos horas.
No hay discurso sobre la prioridad de la educación, que se sostenga sin dinero, cuando existe y abunda para otras áreas. La educación, de nuevo, exige un grito más fuerte, un gesto de sensatez y coherencia.
Me inquieta la vuelta a las aulas sin transformaciones sustanciales en el paisaje educativo.
La escuela de ayer, antes de la pandemia, ya estaba rebasada por la realidad, por las distintas realidades, por ejemplo: diversidad de estudiantes y familias, precariedad en el edificio escolar público, inequidad social, empobrecimiento cultural, miseria, violencia. Volver a esa escuela, en estas condiciones, es anacronismo.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.