La manera en que se conciba a los docentes en los proyectos educativos no es un asunto menor. Todo lo contrario: es crucial. Dilucidar cómo se les ubica en el proceso formativo de las nuevas generaciones, es revelador de las ideas que sobre la educación en el país tienen sus gobernantes. Y esto se expresa, de manera sustantiva, en el texto constitucional que guía a la educación en el país: el artículo 3º. ¿Cómo y dónde aparece el magisterio si comparamos la iniciativa de reforma educativa que derivó del Pacto por México, en 2012, con la que envió el Presidente al congreso, a finales del 2018, y ahora se discute? En la del 2012, aparecen por primera vez los docentes (y no ellos, sino “su idoneidad”) entre el listado de elementos que el Estado ha de manejar para garantizar “el máximo logro de aprendizaje de los educandos”: en el mismo nivel que los materiales y métodos educativos, la organización escolar y la infraestructura. Es la primera propuesta de cambio que realizan, en relación con ”la calidad en la educación obligatoria”.
Ni siendo muy diestro en acomodar. Viene a cuento la negación de este refrán cuando se trata de discutir iniciativas para reformar artículos en la Ley superior que nos orienta como sociedad. En los últimos tiempos, se ha intentado incluir, en los cambios a los textos que contiene la Constitución, todo lo que se pueda, con el mayor detalle posible, y por si hiciera falta, decenas de transitorios.
El 17 de enero, la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, Directora General del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, expresó con claridad lo que considera será el eje central en el nuevo proyecto que encabeza: “Las ciencias, las humanidades y las tecnologías serán punta de lanza y motor de la Cuarta Transformación”.
Hay de todo: “luego de Roma, el cine mexicano no será el mismo / es una película lenta, sin historia, nada que ver con lo que dicen / no sé cómo celebran una cinta que evita denunciar la explotación de las trabajadoras domésticas, y la violencia obstétrica que padecen las mujeres indígenas en los servicios de salud / es genial / se trata de un bálsamo para la clase media porque eres parte de la familia hasta que te toca servir la sopa y apagar la luz temprano / un homenaje a la solidaridad entre las mujeres / Roma es mi infancia y me gustó ver los tranvías / una nostálgica visita a la aburrida niñez del director / coartada para las almas buenas: la pobreza es bonita / preciosismo al servicio de nada / por n tenemos neorrealismo como el italiano / no me gustó, aunque se enojen / ni fu ni fa / maravillosa / ya la vi y no es para tanto / la vi y es mejor de lo que dicen”.
No tiene pierde. Cuando desde el poder, los funcionarios se embelesan con su mirada a lo que hacen y sucede —arrogancia extrema: solo lo que yo veo existe, y existe tal como lo veo porque yo lo hice— suelen tratar a las opiniones divergentes, cuando se dignan hacerlo, sin argumentos.
El Sistema Nacional de Investigadores, SNI, en cierta medida, se ha convertido en el SNP, acrónimo del título de este artículo. Tal vez una buena descripción de la forma en que ha evolucionado este de por sí polémico programa, sea mostrar el tránsito entre una concepción de investigación que al menos procuraba hacerse cargo de la diversidad de funciones y tareas asociadas a este ocio, a otra que reduce la investigación a publicar cuanto antes y cuanto más, mejor, privilegiando dónde se publica (el lugar que ocupe la revista en una clasificación de acuerdo con su “impacto” como sinónimo de calidad) más que la buena hechura académica de lo que interesa comunicar a la comunidad de expertos en la materia, o a un conjunto mayor al que el tema le interese.
Una confusión recorre el mundo educativo: no se distingue entre el mérito y el logro, entre el esfuerzo realizado y el alcance obtenido. Son dos cuestiones distintas que, al empalmarse, mitifican una palabra y oscurecen los procesos. Se festeja que ya sea indudable, en nuestra comprensión de las cosas, actuar y decidir conforme los mecanismos y valores, incontrovertibles y transparentes, de la meritocracia. Se ha dicho que un gran logro de la reforma educativa de este sexenio es que se ha pasado de un sistema de asignación de puestos docentes que derivaba de prácticas corruptas —pactadas siempre entre el sindicato y las autoridades, lo que no se reconoce— a otro, caracterizado por la designación de las plazas a ocupar de acuerdo con el mérito individual.
Doce días quedan de octubre y noviembre trae treinta. Al iniciar diciembre, asumirá el poder ejecutivo el licenciado López Obrador. En seis semanas. A partir de ese momento (o antes si los legisladores deciden no esperar a la toma de posesión) las modificaciones al artículo 3º que dieron lugar a la reforma educativa actual tendrán sus días contados. Esa cuenta, pues, no será larga.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.