¿Cómo, clases en domingo? Sí. El país será una escuela enorme desde temprano. Millones de compatriotas abrirán, recién amanecido el mes de julio, millares de espacios: pondrán mesas y otros enseres para que nosotros, acompañados de los nuestros, o a solas, asistamos al mismo tiempo a recibir una lección y contribuir con ella. Es día hábil para ejercer nuestro derecho a votar, lo cual combina, entretejidas, la enseñanza y el recreo; la seriedad y la alegría; la decisión personal y la incertidumbre por el sentido mayoritario de las opciones del conjunto.
Los libros pueden abrir o cerrar ventanas. Dejar pasar la luz y que la mirada se extienda más allá de los linderos de nuestra particular manera de ver las cosas o contribuir a la oscuridad ensimismada, a la penumbra desde la que se definen los límites del mundo, equivalentes a la pequeñez de los prejuicios. Liberan o amarran. Cuartillas para volar o páginas que aplastan.
En su momento, creí haber oído mal: escuchaba por la radio, de regreso del trabajo, el tercer debate de los candidatos a la Presidencia de la República, que fue en Mérida y, para más señas, el 12 de junio del 2018. Recuerdo: estaban en el tema de la educación. Ricardo Anaya expuso que la Reforma Educativa no tiene problema de concepción —faltaba más: fue uno de sus progenitores y la aprobó con entusiasmo—, sino de implementación. Es buena, pero los del PRI la han echado a perder al ponerla en práctica mal. Propuso llevarla a cabo de manera correcta, y dijo, como acostumbra y ya enfada, “con toda claridad”, que lo haría de la mano de las y los maestros de México. Ergo, su dicho es falso, pues, desde el origen, la reforma acusó al magisterio de los decientes resultados del aprendizaje en la escuela mexicana. Como señaló un día: en política, y por ende en política educativa, no se cometen errores; hay solo una equivocación, y lo demás son consecuencias.
Hasta el cansancio, sin pausa, el gobierno ha dicho que su reforma educativa era impostergable porque urgía “recuperar, para el Estado, la rectoría de la educación”. Es falso el enunciado pues el mando nunca se lo arrebataron: los distintos gobiernos, desde hace décadas, acordaron compartirlo con la estructura dirigente, corrupta y antidemocrática, del SNTE (anexos, similares y conexos), porque vieron en esas camarillas, como en un espejo, su propia cara. Eran, por catadura ética y cinismo, idénticos. De manera impune y, sobre todo, sin que les importara un comino, pactaron, a cambio de favores políticos y económicos recíprocos, soterrar la educación. La SEP no fue “colonizada”: junto con el sindicato, eso sí, colonizaron el espacio educativo del país para ponerlo al servicio de sus intereses de corto plazo y precarias ideas.
Estudiar los proyectos de nación, para el próximo sexenio, que proponen los partidos políticos es importante. Las campañas son estridentes, tienden a simplificar —sobre todo en una democracia de spots— y es preciso leer con detenimiento los textos en que las distintas formaciones políticas exponen su mirada al futuro, y las acciones que para ello consideran necesarias. Aunque se han conformado coaliciones, en cada una encontramos lo que se podría denominar un partido dominante en atención a su fuerza electoral.
No se puede. Es radicalmente imposible derogar la reforma educativa. Así, sin duda alguna. ¿Por
qué? Por una razón muy poderosa. Joaquín Sabina advierte: “No hay nostalgia peor, que añorar lo
que nunca jamás sucedió”. Si evocar con melancolía lo no ocurrido es la más mala de las
versiones de la morriña, proponer derogar lo que nunca existió es absurdo: carece de objetivo la
acción del verbo.
En nuestro país, 22 de cada 100 habitantes no viven en pobreza, ni corren riesgo de hacerlo. Muy pocos. Ubicados oficialmente en la casilla de los pobres hallamos a 44% (8 y 36% en condición extrema o moderada, respectivamente). Son el doble. Y 34 por centena son vulnerables —en peligro de serlo— ya sea por carencias en el ejercicio de derechos sociales, o al superar apenas, por muy pocos pesos, la línea de la pobreza de ingresos.
De una buena pregunta surgen vetas para pensar y aprender. En este caso, la que escuché fue la siguiente: si México está ubicado como la doceava o decimocuarta economía (según sea la fuente que se consulta) entre 189 países, ¿por qué nuestro desempeño en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) es tan malo? En efecto, en la más reciente aplicación de ese examen, nuestro país se ubicó como el último lugar entre los miembros de la OCDE, y ocupó el sitio 58 entre los 70 países que —sin necesariamente pertenecer a esa organización— aplican este examen a sus jóvenes de 15 años que aún asisten a la escuela. No concuerdan los datos. No hay correspondencia entre la riqueza de la nación y los resultados educativos.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.