El aprendizaje de las matemáticas se erige como un pilar fundamental para el progreso de una nación, ya que estos desempeños son esenciales para fomentar la innovación, la tecnología y la resolución de problemas en diversos campos.
El pasado 26 de abril, el director de PISA, Andreas Schleicher, dirigió un oficio a la comisionada presidente de la Mejoredu, Silvia Valle Tépatl, para informarle que la futura participación de México en PISA-2025 estaba en riesgo, debido a que el país había suspendido los preparativos necesarios para su implementación. Schleicher le recuerda a Valle que en el estudio participarán cerca de 90 naciones, entre ellas: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay.
La muestra más palpable de que al interior de la Secretaría de Educación Pública (SEP) se halla un sistema y una estructura totalmente anacrónica en tiempos “transformadores”, es lo que conocemos con el nombre de “Olimpiada del conocimiento infantil”.
Desde el año 2000, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) realiza el Programa de Evaluación de Estudiantes Internacionales, conocido como PISA. Dicho estudio se lleva a cabo cada tres años, con excepción de su versión 2022, que por la pandemia se retrasó un año.
La metáfora del termómetro es la que mejor describe el significado de evaluaciones como PISA. Estas pruebas sólo valoran el estado de los aprendizajes de los estudiantes pero no muestran un diagnóstico de los factores que explican sus resultados y, por la misma razón, no proporcionan elementos para orientar la política educativa.
La reciente publicación de los resultados de la edición 2022 del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA por sus siglas en inglés) ha generado un amplio debate en el ámbito educativo mexicano. Por un lado, están los que sostienen, como el presidente Andrés Manuel López Obrador, que es una evaluación neoliberal a la que no debemos prestarle atención
Persiste en la plaza pública desde hace más de dos semanas la discusión por los resultados que obtuvo México en el examen de PISA (Programa internacional para la evaluación de estudiantes) de 2022. Ciertas observaciones muestran acuerdo con lo que PISA mide y critican el estado que guarda la educación mexicana.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.