Después de información que apuntaba hacia la ausencia de México en la prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, por sus siglas en inglés) el coordinador general de Comunicación Social de la Presidencia de la República, Jesús Ramírez Cuevas, a través de su cuenta de Twitter, expresó que nuestro país continuaría aplicando el examen. Entre las casi quinientas respuestas al mensaje, la mayoría reclamos y algunos insultos, se encontraba la de un profesor, señalando: “en las dos primarias en las que trabajo no tenemos biblioteca ni sala de cómputo”. El sencillo mensaje, muy diferente al resto, hace reflexionar sobre la cercanía del debate educativo en torno a lo que sucede cotidianamente en las escuelas. ¿Por qué un episodio como éste genera tanto escándalo mientras otros, igual o más graves, pasan inadvertidos?
En los últimos meses del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, el caricaturista Patricio Ortiz González, a propósito del lanzamiento del plan de estudios 2017 para la educación básica, elaboró un cartón en el que se apreciaba a una docente, de edad avanzada, preguntando a un funcionario si hubiera sido mejor publicar primero el nuevo modelo educativo y luego realizar la evaluación docente. Ante el cuestionamiento, el mal encarado burócrata respondió “¡No estamos en Finlandia! Acá primero se pavimenta y después se mete el drenaje”. Cuatro años después, el argumento de aquella caricatura parece revivir en un rediseño de libros de texto que anticipa a la conformación de un nuevo plan de estudios que concrete los ideales de lo que se ha denominado Nueva Escuela Mexicana.
Pareciera que regresar a clases presenciales es tan fácil como abrir los portones de las escuelas. Se mencionan plazos para reactivar las labores educativas presenciales sin que, de por medio, se den a conocer planes específicos para un reto tan grande como el que se viene. Sin afán de desestimarla, se alude a la vacunación del personal educativo como la llave para el regreso a la “normalidad” de las escuelas, eclipsando a muchas otras aristas de la reanudación presencial de las actividades escolares. ¿No habrá que planear algo más que la implementación, sin duda importante, de medidas sanitarias? Da la impresión de que bastaría que el alumno llegue a su butaca y reanude, como si nada, las actividades escolares presenciales que dejó pausadas desde el año pasado.
El 23 de marzo de 2021 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) presentó los resultados de la Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación (ECOVID-ED), cuyo objetivo general se centra en el conocimiento del impacto por la cancelación provisional de clases presenciales, en la experiencia educativa de niños y jóvenes de 3 a 29 años de edad. Aunque ofrece una mirada general sobre el acontecer educativo durante la pandemia, centrándose en temas como la dinámica de la matrícula o el uso de tecnología, la información que arroja la consulta contrasta con la postura oficial, caracterizada por el optimismo y los resultados favorables.
Los niños que ingresaron a primer grado de preescolar en 2018 serán los únicos que hayan cursado un nivel educativo completo bajo el plan de estudios 2017, pese a que cuando salió a la luz consideraba una vigencia mínima que aseguraría 10 generaciones completas de preescolar, siete de primaria y 10 de secundaria. Los estudiantes que en ese año iniciaron la educación primaria, si las acciones anunciadas por el gobierno actual se cumplen a tiempo, transitarán un camino muy distinto: al concluir el nivel educativo habrán sido formados, en tan solo seis años, bajo tres planes diferentes (2017 primero, 2011 después y 2021 finalmente), un verdadero malabarismo curricular. La implementación del plan de estudios 2017 quedó inconclusa: de los 12 grados que conforman la educación básica, sólo alcanzó a hacer presencia en siete de ellos.
Si uno se deja guiar por los boletines emitidos por la autoridad educativa federal, parecería que la pandemia apenas si afectó a las escuelas mexicanas. Incluso, podría pensarse que la crisis sanitaria fue favorable para el sistema educativo. En resumidas cuentas, al leer los boletines, durante tal lapso los aprendizajes continuaron igual o mejor que cuando las escuelas estaban abiertas (boletines 196 y 239), la revalorización del magisterio se apuntaló (boletín 269), la educación dio un salto tecnológico arropada por una robusta infraestructura y capacitación (boletín 275) y enfrentó al defecto más nocivo de la escuela mexicana: la inequidad (boletín 289) . No hay dificultades de abandono escolar, tampoco de familias incomunicadas ni mucho menos problemas de reprobación. Tampoco hay tensiones entre docentes y padres de familia, ni profesores estresados. Pareciera, como alguna vez señaló el presidente de la República, que la pandemia cayó “como anillo al dedo” a la Secretaría de Educación.
Fullan y Hargreaves advierten que, entre las profesiones, la docencia “sin duda aparece entre las más solitarias” (2000, p. 80). Al respecto, Serafín Antúnez asevera que “aun en la escuela mejor estructurada y coordinada, el trabajo de los docentes, su acción directa en el salón –que ocupa la mayor parte de su jornada laboral– casi siempre es individual” (2004, p. 18). Christopher Day coincide al señalar que “la pasión por la enseñanza sigue siendo principalmente una cuestión individual” (2006, p. 153). El defecto de la cultura escolar es claro según estas apreciaciones: docentes ensimismados, cuyos lazos profesionales son frágiles y su práctica cotidiana se realiza, en los aspectos sustanciales, en solitario
Tarde o temprano, maestros y alumnos mexicanos volverán a las escuelas. El debate para la reapertura escolar se ha centrado sobre todo en las fechas y las condiciones materiales. No obstante, hay mucho más en qué pensar. Independientemente del momento en que se realice, en el regreso a clases presenciales se pueden advertir cinco grandes retos: el acondicionamiento físico de las escuelas, la organización de la dinámica escolar, el sostenimiento económico de los planteles, la atención emocional de los estudiantes y la nivelación académica. Con el propósito de minimizar los riesgos de contagio ante un eventual regreso a las aulas, la SEP (2020) ha publicado la Guía de orientación para la reapertura de las escuelas ante COVID-19, que aborda algunos de los desafíos mencionados.
Tanto la semana pasada como el miércoles de ésta la doctora Claudia Sheinbaum, virtual presidenta electa, informó que dará a conocer el gabinete del siguiente gobierno federal, 2024-2030, hasta la próxima semana.
Es una verdad conocida que entre los grandes pendientes nacionales se encuentra el tema educativo. Más que un lugar común es una emergencia real, latente, que duele y que nos mueve a imaginar, proponer y actuar ahora, ¡no hay más tiempo!
En las mitologías existen monstruos de todo tipo; filósofos y científicos sociales recurren a ellos para crear metáforas y proponer ideas; como Hobbes con el Leviatán o Nietzsche con las palabras de Zaratustra. No obstante, el título de esta pieza se inspira en un artículo de Javier Sicilia en Proceso, de hace unos años. Pero no se refiere al Estado sino a otro ente: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
En Puebla, desde el 2015, se desarrolló la iniciativa de Comunidades de Aprendizaje CdA, proyecto formativo a cargo de Vía Educación A.C en México. Desde el año 2020, tuve el primer acercamiento con estos jóvenes entusiastas y profesionales que conformaban el equipo: Roberto Olvera y Sinaí Rojas, para después incorporarse Salma Vargas.
Según datos del INEGI, actualmente hay 4.98 millones de estudiantes de educación media superior en México. Entre los ciclos 2020-2021 y 2022-2023, la matrícula femenina aumentó en un 2.2%, mientras que la masculina disminuyó en un 2.3%. Las mujeres tienen una tasa de eficiencia terminal casi un 10% mayor que los hombres, mostrando una mayor permanencia y éxito escolar. Sin embargo, el primer año de bachillerato sigue siendo el periodo más crítico para el abandono escolar. En los ciclos de la pandemia (2019-2020 y 2021-2022), la matrícula disminuyó un 5.5%, lo que equivale a que unos 283,582 jóvenes dejaron de asistir al bachillerato.